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El Licenciado Miguel José Sanz, nace
en Valencia, Estado Carabobo, el 1° de septiembre de 1756, hijo de Don
Francisco Antonio Sanz y Doña María Máxima Marvez y Roxas. Para el año
de 1776 es Juramentado como Bachiller en Artes, para 1778 recibe el
grado de Licenciado en Leyes y ante la Audiencia de Santo Domingo opta
por el título de Abogado. Junto al Dr. Antonio López Quintana asumen la
tarea
de poner en marcha el proyecto de crear un organismo que agrupe a
los Abogados y contribuya a una mayor difusión de las ciencias
jurídicas. Al efecto, en Agosto de 1788 queda constituido el Real
Colegio de Abogados de Caracas. Para 1799 es electo por segunda vez
Decano del Colegio, bajo su primer Decanato se inaugura la Academia de
Derecho Público y Español y se establece el Montepío de Abogados; se
organizan las matrículas de los miembros, se cobran las cotizaciones y
se hacen cumplir las obligaciones establecidas en los estatutos, la
lucha contra el ejercicio ilegal de la profesión y por la moralización
de la misma.
Miguel José Sanz fue aplicado desde la edad temprana al estudio de la
jurisprudencia, hizo en él y en los pocos conocimientos que entonces se
enseñaban tan nobles progresos, que muy luego llamó la atención y
mereció el afecto de algunos hombres ilustrados que sacrificaban en
secreto al numen de las ciencias. Estos le proporcionaron cautelosamente
la lectura de algunos libros prohibidos, por cuyo medio llegó en pocos
años a alcanzar un caudal de instrucción inmenso para aquel país y para
los tiempos que corrían, y sin duda alguna muy superior al de la
generalidad de sus conciudadanos. Conoció entonces lleno de asombro los
admirables adelantos que las ciencias físicas, morales y políticas
habían hecho en Europa, y midió con no poca aflicción el hondo abismo de
ignorancia en que estaba sumido su país. Desde entonces ya no hubo para
él mas placer que el estudio, más anhelo que la ilustración de sus
conciudadanos; y acaso leyendo a escondidas y en altas horas de la noche
a Rousseau, a Voltaire y a Raynal, se le ocurrió como en sueños la idea
confusa y en aquel tiempo quimérica de ver libre y dichosa a su patria.
Ello es que Sanz, dotado de alma fuerte, de claro ingenio y sólida
piedad, consiguió cerrar su corazón a las erróneas doctrinas morales del
siglo XVIII al mismo tiempo que abría los senos de su vasto
entendimiento a todas las verdades que sobre el gobierno y los pueblos,
sobre el hombre y las sociedades defendieron e ilustraron también
Becarría, Burlamaqui, Montesquieu, Puffendorf y otros autores. No menos
aficionados a la difícil cuanto necesaria ciencia de la economía
política, a las buenas letras y a las artes liberales, nuestro joven
letrado meditaba constantemente las teorías de Smith; y en raros y
cortos ocios descansaba de los estudios graves en el regazo de las
musas. Sanz, pues era jurisconsulto, literato, filosofo, economista y
poeta; tenía lo que es mejor que el saber, la honradez, y en grado
superior aquel don precioso del cielo sin el cual valen poco para la
felicidad de la vida de la ciencia del sabio y el ingenio del poeta es,
a saber el don de gentes.
Semejante hombre no podía vivir oscuro, ni aun cuando su modestia
hubiera sido igual a su mérito; tanto menos que Sanz sin ser orgulloso
tenia la noble ambición de distinguirse entre sus conciudadanos y la de
ser útil a la patria. Lo uno y lo otro consiguió plenamente. Varias
defensas ruidosas en que lució su habilidad como orador y como letrado
le ganaron aura popular; y su honradez, sabiduría y compostura, el
afecto y confianza de las autoridades. No se valió de ellas Sanz para
enriquecerse, no; antes rehusó constantemente grandes presiones que como
justa recompensa de sus servicios se le ofrecieron varias veces. Uso más
noble hizo del favor que gozaba, obteniendo en beneficio de su país
medidas de fomento para el cultivo y comercio de sus ricas producciones;
promoviendo la formación y organización del colegio de abogados, con el
fin de dar a su noble profesión el lustre que tiene en todas las
naciones: consiguiendo la erección de una clase de Derecho público del
que fue catedrático el poco tiempo que duró, el sabio regente de la
audiencia Don Antonio López Quintana: arreglando los pesos y medidas,
cuya alteración era causa de muchos males públicos; redactando con
general aceptación y aplauso las ordenanzas municipales de Caracas, que
por los desórdenes desastres posteriores no dejaron plantear; y en fin
consagrando todos sus desvelos y trabajos, todos sus pensamientos y
escritos, al fin que se había propuesto de mejorar en su patria la
instrucción primaria y la académica, bases esenciales de una sólida y
verdadera grandeza popular.
Tal era Sanz, bajo la forma de un literato laborioso, promovedor de las
artes de la paz, un patriota lanzado en medio de las revueltas
populares. Acabamos de contemplarle ilustrando a su país con el ejemplo
y la doctrina; luego le veremos defendiéndolo con la pluma, el consejo y
la espada; siempre cumpliendo las más grandes y nobles obligaciones del
hombre sobre la tierra, las de engrandecer a su patria o luchar contra
todo y todos para conseguir libertarla.
Las ideas pedagógicas de Miguel José Sanz (1754-1814)
En 1799 el Licenciado Miguel José Sanz presentó al ayuntamiento de
Caracas un informe sobre el estado de la educación, del cual se
encuentran fragmentos en diversos autores, aunque seguramente siempre
tomados de la historia de Baralt: “No bien adquiere el niño una
vislumbre de razón, cuando se le pone en la escuela, y allí aprende a
leer en libros de consejas mal forjadas, de milagros espantosos o de una
devoción sin principios, reducida a ciertas prácticas exteriores,
propias solo para formar hombres falsos e hipócritas... Bajo la forma de
preceptos se le inculcan máximas de orgullo y vanidad que más tarde le
inclinan a abusar de las prerrogativas del nacimiento a la fortuna, cuyo
objeto y fin se ignora. Pocos niños hay en Caracas que no crezcan
imbuidos en la necia persuasión de ser más nobles que los otros, y que
no estén infatuados con la idea de tener un abuelo alférez, un tío
alcalde, un hermano fraile o por pariente un clérigo...” “Puerilidades y
miserias éstas que entorpecen el alma, influyen poderosamente en las
costumbres, dividen las familias, hacen difíciles sus alianzas,
mantienen entre ellas la desconfianza y rompen los lazos de la caridad,
que es, a un tiempo el motivo, la ocasión y el fundamento de la
sociedad... Supo el niño pronunciar las letras, leer sin comprender y a
tropezones, garabatear un papel, mal hacer una cuenta: pues entonces sin
más ni más se le pone en la mano la gramática de Nebrija para que
aprenda latín, sin considerar lo ridículo que es aprender una lengua
extranjera cuando no se posee la propia, y entregarse al estudio de las
ciencias que enseña la universidad antes de saber leer, escribir y
contar perfectamente. Con esto lo que sucede es que los jóvenes se ven
expuestos en la buena sociedad a muchos disgustos y desprecios a pesar
de sus bonetes doctórales... causando lástima oírles sostener que el
familiarizarse con los principios de su propio idioma para hablarlo y
escribirlo con exactitud, donaire y gracia, es tiempo perdido”.
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